"En la semana charlaba con un amigo que me contaba como había estado su fin de semana. Me decía, textual, “que había salido con una compañera del trabajo, que habían tomado algo, que ella tenia mucha onda, que la habia pasado bien, pero que era muy feucha la pobre”. Es más, ella tenía un inconveniente que era peor que ser muy feucha: Ella estaba interesada en él de hace mucho tiempo.
Entonces yo comentaba y él revalidaba, que al fin y al cabo, el problema mayor no era que ella era tan feucha, sino que lo acose tanto. Porque al fin y al cabo, en el terreno de la conquista, nada importaba tanto como el logro personal. ¿Y qué logro personal podía existir en concretar en la práctica con alguien que ya había sido conquistado hace mucho en el terreno de la imaginación, de la fantasia? Es más, si él ya había logrado este llamado “triunfo personal” en el plano de la fantasía, ¿qué necesidad tenía de revalidarlo en el plano terrenal? ¿Qué necesidad tenía de exponerse a todos las eventualidades e inconvenientes que podía tener en corroborarlo? Si estaba tan seguro que en el plano de las fantasías ella lo anhelaba, si en el plano de la imaginación él ya había entrado en su cama, ¿para qué introducirse bajo sus sabanas en el plano concreto? ¿Para qué exponerse a un improbable “no” como respuesta? ¿Para qué tener que ratificar todos los besos y todas las caricias que ella ya habría imaginado? ¿Para qué darle la mínima posibilidad al caos de que algo, por mas nimio que fuera, salga mal?
Concretar tiene el inconveniente que jamás va a igualar las fantasías y la imaginación previa. El problema es que son dos planos diferentes y opuestos. Es el mundo de las ideas y el mundo de la concreción. Cuando se concreta se llega al final, a la muerte de las fantasías. Es por eso que cualquier relación, sea más o sea menos formal, siempre comienza con una falla en su génesis. Hay un gran desfasaje entre la ilusión y la concreción en donde se pierden muchas cosas. Es una especie de “pecado original”, una carga, un dejo irrecuperable con el cual la relación va a tener que convivir de manera constante, por no poder igualar jamás las fantasías previas. Es una pérdida normal propia de dos soportes distintos. Es como cuando se lleva un libro a la pantalla grande... Suele existir una frase tan conocida como “una imagen vale más que mil palabras”. Y creo que es cierto. Pero ¿cuántas miles de imágenes podemos representarnos con tan solo una palabra? Si la palabra es democrática, entonces la imagen es dictadora: estatiza, define, no da a lugar a segundas lecturas, es concreta en nuestra representación personal."
Extraído de su columna en el programa "Mi gallo canta tarde" que se emite de lunes a viernes por FM 106.1.