"En el plano de las relaciones personales, del amor, que ocurre generalmente entre dos perfectos desconocidos que un día se encuentran, se enamoran y luego suelen titular su relación como “noviazgo”. Pero ¿qué pasa cuando esa relación llega a su fin? ¿Qué se hace con todo ese bagaje que acumuló, todo ese depósito de imágenes, de momentos? Es extraño como uno tiene que intentar, bien borrarlos de sus recuerdos, o al menos, pretender minimizarlos, llevarlos a un segundo plano para intentar convivir con ellos en una supuesta armonía. Y ya no tiene importancia si hemos sido los que hemos decidido poner fin a la relación o los que hemos tenido que soportar que el otro lo haga. Quizás alguno puede llegar a creer que se sufre más o menos estando de una vereda o de la otra pero eso no tiene ningún sentido. Tampoco tiene importancia la seguridad que teníamos de no continuar con la relación o de la cantidad que detestábamos a nuestro compañero. Porque, hablamos simplemente de recuerdos. Y por más que abomináramos ya de nuestra pareja, eso no quita que los recuerdos sigan allí, y tengamos que hacer algo con ellos. Entonces se me viene a la mente la película “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos” ¿Que pasaría si extirpáramos de nuestra mente esos recuerdos? Y sí, por algo es que lo intentamos hacer de una u otra manera, porque sabemos que, conscientemente o no, sin recuerdos que nos unan, nuevamente somos dos perfectos extraños. El amor, el amor… el amor no es más que un recuerdo permanente de nosotros. Pero claro, como si esto fuera tan fácil. Nunca tuve mascotas en mi casa. De chico una vez encontré un perro en mi jardín. Parece que había traspasado las rejas de mi casa. Era un perro negro pequeño marca acme. Jugué con él, le di de comer, lo bañé. Al cabo de una semana, así como llegó, se volvió a ir. Nunca más lo encontré. Pero no pasa cierto tiempo que, aun hoy, luego de muchísimos años, me pregunto que será de la vida de ese perro, donde estará, si seguirá vivo, si lo habrá adoptado una familia. Son los recuerdos que tengo de un perro, que lo tuve solamente una semana y ya pasaron años de esto. ¿Cómo hago entonces con los de una persona, si estuve años con ella y aun no pasaron más que meses? Bueno me han dicho, intenta borrarlos, minimizarlos… ¡pero estamos hablando de una persona carajo! Si recuerdo con tristeza no solamente a mis familiares que ya no están, ni a los amigos que perdí, o a los compañeros del colegio, sino que rememoro con añoranza también a los otros que fueron parte de sólo unas horas de mi vida: a las personas con las que compartí una clase, un trabajo, una charla en un bar. Incluso recuerdo simplemente con nostalgia a los que alguna vez llegue a odiar. ¿Cómo hago, entonces, con los recuerdos de aquella persona que alguna vez amé? ¿Qué hago con los recuerdos de las vacaciones compartidas? ¿Qué hago, ya no con todas las veces que hicimos el amor, sino con esos pequeños y nimios detalles, como, las charlas que mantuvimos alguna vez, las miradas que cruzamos en alguna cena, los momentos en los cuales le sostuve la mano mientras mirábamos una película? Y lo peor aún, ¿A dónde irá a parar el recuerdo de todas las proyecciones que alguna vez habíamos realizado? ¿Dónde quedará la casa con jardín que habíamos imaginado habitar? ¿Qué haré con la representación que alguna vez me hice de nuestros descendientes, que incluso algunos ya tenían nombre? Me viene a la mente entonces el famoso cuento “Funes el memorioso”, en el cual Borges se pregunta que pasaría si no tendríamos la capacidad de olvidar. Y llega a la conclusión de que, seguramente, no estaríamos más que sumidos en un mar de tormentos de desesperación y tristeza exasperante. "
Extraído de su columna en el programa "Mi gallo canta tarde" que se emite de lunes a viernes por FM 106.1.