El 24 de noviembre de 1762, un miembro de la aristocracia inglesa se encontraba jugando a los naipes, actividad de la cual era adicto. El camarero del club social le anunció que su carne estaba servida. Lord Montagu, completamente absorto en el juego, increpó al mozo para que le sirviera la carne entre dos rebanadas de pan. El mozo así lo hizo. De esta manera, logró que pueda seguir jugando sin mayores complicaciones ni pérdida de tiempo su mas refinado cliente, Sir John Montagu, Cuarto Conde de…
Sándwich. Eso era lo que él tenía y yo no. Eso era todo lo que yo hubiese deseado. Apenas bajé del andén, levanté la vista y lo vi. Mi estomago gritó. Intenté mirar hacia otro lado, pero ya era tarde. Un sándwich de jamón y queso. El mejor invento de la humanidad. Como lo envidié. Mi estomago volvió a retorcerse. ¿Como había llegado a este lugar? No había sido siempre allí. Antes había tenido posibilidad de comer un sándwich. Y no solo eso. Pastas, carnes, cualquier plato podía saborear. Ya no. Mucho tiempo había pasado de eso. Ahora el hambre se había apoderado de mí. Solo unas pocas migajas. Veía pasar con tentación a jóvenes degustando y me controlaba para no saltarles encima y arrebatarles su comida. Pero por más hambre que tenía, era un hombre honesto. Y con mucha fuerza de voluntad. Mientras el muchacho se tragaba su último pedazo, mi estómago volvió a ronronear. Sentí frió. El niño me observó, como si fuéramos un espejo, unidos por el hambre, separados por un suave vidrio a punto de romperse. Se acercó hacia mí. (¿Querría robarme?) Notó mi desesperación.
– ¿Quiere un pedazo don?
Terminé de dar la vuelta al andén y al pasar por al lado del chico noté la casposidad en su pelo y la suciedad en sus ropas. No le contesté (no pensaba tocar la comida de ese pulguiento). Entonces, al sacar las llaves del auto, mientras sonaba mi celular, me dispuse a pensar cuanto me faltaba para terminar esta cada vez más tormentosa dieta.