Todo tenía el olor a ella. Ya habían pasado casi dos meses desde que se había marchado. Y todo seguía teniendo su olor. La mesa del living, donde ella solía quedarse hasta altas horas preparando sus trabajos prácticos. El mueble de mármol antiguo en el comedor donde dejaba el diario todos los domingos por la tarde, cuando terminaba de leerlo. El escritorio del cuarto, donde apoyaba su reloj. La pequeña silla del baño, donde dejaba su ropa antes de ducharse. El piso del baño que aun conservaba el aroma a pies descalzos. La alfombra del playroom, en donde hacia gimnasia. La sala de estar se impregnaba de su perfume siempre fresco, especialmente cuando salía de ducharse y semidesnuda, se sentaba a tocar una partitura. El piano mismo, sus teclas olían a yemas mullidas.
     No recuerdo bien como sucedió todo, solo sé que un día armó las valijas y se fue. Demasiado rápido, no me dio tiempo de despedirme siquiera. Recuerdo aun el portazo al marcharse, muy temprano, me levanto, bajo las escaleras al trote, pero ella ya se había ido.
     No se si fue por la discusión de la noche anterior, si en cambio, puedo presuponer que las cosas no venían nada bien. La relación conmigo había pasado de ser cálida y cariñosa a distante y fría. Al final, sentía que lo único que compartíamos era la casa. Los paseos por la tarde, las salidas al río, las veces que ella andaba en bicicleta y yo la acompaña al trote a su lado, las noches de invierno en que nos tirábamos a ver tele para luego dormir abrazados, todo se había perdido.
     La nuestra solía ser una relación de consideración. Ella sabía mis horarios y los respetaba. La comida la tenía servida a la hora pactada, dos veces por día. Yo cumplía como un fiel compañero: La protegía de los extraños que se acercaban, jugaba con ella, nos divertíamos juntos. Nunca se me había ocurrido serle infiel, para mi ella era única en el mundo en su especie.
     Ahora, una mujer viene a casa dos veces por semana e intenta reemplazarla, pero no lo logra. Su cariño no me satisface. La comida que me sirve no tiene el mismo gusto, el trato para conmigo es frío y distante y las veces que se me acerca no logra llamar mi atención. A veces nos tiramos en la cama a ver televisión, pero no es lo mismo.
     Yo la amaba a mi manera, claro, pero parece que mi amor no le alcanzaba. Porque siempre intentaba verse con otro de su clase. Al final, ya creo que hablábamos lenguajes distintos.
     Creo que mi error fue el hecho desencadenante, lo evoco y se me eriza el pelo de solo pensarlo. Aún tengo varios vagos recuerdos de ese día. Yo le intentaba explicar una y otra vez que no aguantaba más, pero ella parece que no entendía mi idioma. Al final la confusión se me vuelve eterna: Ella regresa del trabajo, nos ve en la entrada, grita, se enoja, me golpea. “¿Como pudiste hacerme esto? ¡¡Como pudiste engañarme con esa perra!! El resto es desconcierto y tristeza.
     Yo se que soy muy inquieto, yo se que no puedo parar un segundo de corretear, de moverme, de saltar. Pero también se que la amo y no puedo vivir sin ella. Aunque no creo que vuelva. Ella se marchó, ¿me habrá cambiado por otro? Seguro que si, aunque no se si por otro de mi misma raza. Quizás se le dio por cambiarme por otro mas tranquilo y menos inquieto, pero la única certeza que tengo es que yo, Ovejero Alemán, parece que no la volveré a ver a mi amada, a mi ama.